¿Hacia dónde vamos?


Por: Ángel Largo M.

Antes del referéndum, conversaba con profesor universitario sobre las posibilidades de cambio en el Ecuador. Él, muy escéptico a las ideologías, me ponía como ejemplo una anécdota de la mamá de su mejor amigo.

La señora, quien vivió por muchos años en Suecia, regresó al país para pasar algunos meses. Al reencontrase con sus amigas de antaño en uno de los barrios onerosos de la vía a Samborondón, le causó admiración la cantidad de sirvientes que tenía la ama de casa. Su actitud de indignación fue inmediata, no comprendía porque su amiga tenía a tantos sirvientes quienes en su mayoría ni siquiera tenían beneficios de ley por su trabajo.

Para ella, acostumbrada el modelo de bienestar de los países escandinavos, esa situación de explotación y desigualdad social era inaudito. El profesor cerraba la charla diciéndome: Por eso no creo en los sistemas, porque todo depende de las personas. Como se vive en Suecia, nunca se a va a dar acá porque somos demasiado egoístas y corruptos.

Reflexionando sobre el asunto me cuestiono ¿Hacia dónde vamos entonces? Si el pasado 28 de septiembre millones de votantes se decidieron por un nuevo modelo económico y político ¿será posible un cambio de sistema o la cosa es más complicada?

Empecemos eliminando opciones. Primero, el socialismo real, aquel que se instaló en Rusia y Cuba convirtiéndose en un Capitalismo de Estado está lejos de nuestro horizonte. No hay una dictadura militar (todo ha sido vía opción popular), no desaparece la propiedad privada (solo se la amplía a popular y comunitaria) y no hay rupturas con el Imperio (EE.UU.) que en estos momentos, abraza la parte más conservadora del liberalismo económico con el salvataje millonario que busca sostener la crisis financiera global.

Segundo out. ¿El cacareado socialismo del siglo XXI?, tampoco. Él mismo creador de la teoría, el alemán Heinz Dietrich, indicó que su sistema estaba en pañales. La base fundamental de ese neo socialismo es: cambiar el sistema de valor subjetivo a objetivo de la producción y el dinero, democratización total y real de las dependencias del estado y equidad en la redistribución de los ingresos. Cosa imposible hasta ahora, porque cambiar el sistema monetario es una decisión que no decide un país solo, es una acción mundial.

Aunque Venezuela, Bolivia Nicaragua y Ecuador apunten hacia allá, primero deberían comenzar por activar la participación democrática del pueblo en las decisiones estatales. Un verdadero autogobierno colectivo, trabajo que está más verde que la bandera de Alianza País.

Queda entonces el estado de bienestar. Apadrinado por los países nórdicos, funge como la figura de liberalismo económico con una redistribución planificada de los recursos que más aplausos ha recibido del planeta. Los resultados están a la vista: En el 2004 Noruega logró el primer puesto global en el Índice de Desarrollo Humano, En materia educativa, Finlandia fue en el 2005 es el número uno en el mundo, casi no hay desempleo, alta equidad en cuanto a los sexos se refiere y poseen el mayor ingreso per cápita por habitante.

Mucho da que pensar que el nuevo modelo Constitucional ecuatoriano y el gobierno de Rafael Correa apunta a ese norte. Coincidencias como un economía social y solidaria, con empresas mixtas y cooperativas, una fuerte política de impuestos, la reestructuración del Seguro Social y los alcances del seguro universal son pruebas que el modelo social demócrata de los escandinavos esta en la cabeza de los actuales dirigentes políticos, o por lo menos lo tienen entrelíneas.

La interrogante es ¿funcionará? Para conseguir el éxito en su modelo de vida, que no está exentos de crisis, los nórdicos basan su desarrollo en la actitud del ser humano tales como: ética, solidaridad, asociatividad, confianza, consenso, transparencia, eficiencia, esfuerzo, innovación y respeto. Estos valores morales y ciudadanos no se rigen por Constituciones o gobiernos, sino por decisiones voluntarias.

Contrario entonces a mi amigo profesor, considero que las ideologías y modelos si son necesarios, pero son solo la punta del iceberg. Una transformación total de los elementos esenciales de la sociedad viene por cada individuo, un desarrollo a escala humana que reconsidere la calidad de vida y no la cantidad ¿Nunca podremos ser como Suecia?, a lo mejor no de golpe, porque la formación ciudadana se cocina a fuego lento. Esperemos…

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