Autogobierno, comunidad e igualdad



Por : Ángel Largo M.
Realmente la duda es acertada. A cualquier simple mortal cuando se le acerca alguien que se tilda de “socialista”, el rostro se le llena de vergüenza, la sangre se le corre a los pies y siente que todo le da vueltas. Tan mal se pinta la esencia de ese concepto, que su sola evocación produce un rechazo inmediato, casi hasta grosero, llevándolo hasta la situación de mala palabra.

¿O acaso me equivoco? Señor lector, dígame con todo sinceridad- no me mienta-. ¿Acaso desde que la palabrita esa se puso de moda junto al color verde limón no ha sentido temor y ansiedad?, ¿Le vienen a la mente imágenes de una Cuba empobrecida y un Che Guevara destrozado entre la selva?, ¿Lo relaciona inmediatamente con estudiantes universitarios “tirapiedras” y vagos? Si alguna de esas respuestas es afirmativa, entonces la maquinaria capitalista imperial de descrédito a la teoría de Marx ha dado sus frutos.

Sin embargo, pese a la desmedida desinformación de los medios de comunicación, la contaminación visual y auditiva del mercantilismo brutal y la irrisoria enseñanza de bases filosóficas en las aulas, me atrevo a desvirtuar la campaña de desprecio, porque a pesar de que un mundo globalizado y saturado por el libre mercado esclavizador, las fantasías socialistas de varios genios del siglo XVIII aún son palpables, y posibles.

El verdadero socialismo, no el que nos venden los noticieros, se condensa en tres cosas: autogobierno, comunidad e igualdad. Cada una de estas posiciones se complementa, para que exista la una, debe estar la otra, y viceversa. Pero lo grandioso de todo esto es que, fuera de gobiernos totalitarios y marañas constitucionales, se reproducen solas, sin permiso de nadie, a cada segundo y en cada rincón de la patria. Ya les explico:

Decidir sobre sí mismo, eso es autogobierno. Tener la capacidad de orientarse hacia una meta y cumplir las metas propuestas, es la ventana a la autosatisfacción. Miles de ecuatorianos que se levantan cada mañana con la expectativa de seguir avanzando, de superar sus miedos, de ser escuchados y ser libres de decidir, van procreando un ser distinto, que mide su éxito no en dólares sino en la satisfacción del deber cumplido: el “hombre nuevo” que imaginó el guerrillero argentino.

Decidir para un grupo, en cambio, es comunidad. Las reuniones con el barrio, las fiesta para ayudar al vecino enfermo, los comités de padres de familia, los grupos juveniles, el núcleo familiar. Si desarrollamos por completo la virtud de autogobernarnos, esto se complementa con la interacción con más individuos. De la famosa frase de los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas “uno para todos y todos para uno” podemos tomar ejemplo.

Decidir para todos, es igualdad. Porque si el egoísmo y yoísmo invade a gran parte de los seres humanos, de la misma forma el altruismo y solidaridad contamina los corazones de la otra mitad, y eso es bueno. En un mundo donde la diferencia entre ricos y pobres es abismal, gente que se domina así mismo y cree en los demás debe apostar por ideas que permitan el desarrollo de la mayoría. Es la única salida. No hablo tan solo de “más oportunidades”, sino de mecanismos para tener una mejor calidad de vida.

Si se identifica en cualquiera de esos parámetros, está haciendo socialismo, y se desata de un sistema capitalista abrumador que piensa contaminar todo lo que toque. ¡Qué radicales somos entonces!. Aunque digan lo contrario, muchos por sí solos han descubierto el camino al cambio verdadero. No todo es fantasía, la semilla está plantada, el resto vendrá por añadidura.
Tomado de Cartas al Director, Diario el Telégrafo del 15 de septiembre del 2008

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