Cuando el mensaje no llega...


El fin de semana pasado pude disfrutar de la magnifica película del político y activista gay estadounidense Harvey Milk, una historia que cuenta el vertiginoso avance en la lucha por los derechos humanos y civiles de la comunidad homosexual de la época.

Además de la soberbia actuación de Sean Penn, ganador al Oscar por su papel con sobra de merecimientos, me causó mayor sorpresa el bajo número de cinéfilos que entraron conmigo a la sala, que nunca se llenó, algo raro un domingo por la noche. Ante mis ojos, la gloriada Milk era despreciada y aniquilada frente a una inmensa fila para ingresar donde proyectaban Hanna Montana.
Dejando a un lado las comparaciones mediáticas, el marketing, la novelería y todas esas cosas del cine hollywodense, la escasa participación del público guayaquileño a mi juicio tiene otras connotaciones más sociológicas, impuestas desde la casta burguesa-política dominante en el puerto. No es la publicidad sino el mensaje que conlleva la historia con forma de documental la que no despierta simpatía entre las masas porteñas.

Es 1970, casi cuarenta años atrás, y en EE.UU. las libertades y prejuicios contra los homosexuales se debatían por todo el país intensamente. Tras la figura de Milk, un hombre de mediana edad que llegó a ser el primer funcionario público gay de ese país, la comunidad arcoiris creó un movimiento de carácter nacional que frenó iniciativas ultrareligiosas que querían desaparecer a los “enfermos” del mapa.

¿Se imagina un escenario así en Guayaquil? A pesar que la despenalización de la homosexualidad en Ecuador llegó a finales del siglo pasado, el grupo GLBTT sigue mermado en su capacidad de accionar su propia identidad, rasgos y cultura ante la opinión pública o ciudadana. No por falta la iniciativas, sino imposibilitados por una administración municipal que los excluye de su escenario regenerativo urbanístico alegando conceptos de época medieval como “promulgar las buenas y sanas costumbres”.

Pero además, la oda del activista gay infringe otro parámetro de la enquistada burocracia local. Milk llega a ser supervisor Municipal, una especie de concejal por nuestras tierras, a su cuarto intento, cuando una ley, repito, ¡de hace 40 años! permite la distritalización del voto ciudadano. Con el apoyo de su parcela y todo el barrio Castro, el héroe de la historia hace historia, en representación de lo que era hasta ese entonces, una minoría despreciada.

Esa segmentación del voto, que permite al ciudadano exigir y compartir responsabilidad con su representante al Cabildo, es solo posible con las administraciones zonales, ya que a los distritos la Constituyente le dio la espalda. Cuando el Senplades discutía la tesis, un periódico local tituló “Guayaquil tendría varios alcaldes”, algo que aterró a los guayaquileños que no quisieron saber nada más de la oportunidad de una mejor representación y planificación urbana.

La historia y ejemplo de alguien como Milk aún son carne con hueso para la cosmovisión guayaquileña del nuevo siglo, criterios que han sido ubicados en el imaginario colectivo por los dominios políticos existentes como causas perdidas e injustificadas, hacen que simplemente mensajes como los de Milk, no tengan cabida.

3 comentarios:

Silvia dijo...

Ángel, te cuento mi experiencia con Milk y mi lectura de la cosmovisión guayaquileña con respecto al tema.

Sucede que también fui al cine un día supuestamente concurrido. Sábado de noche, un día luego de su estreno. Poca gente. A los escasos minutos de iniciada la acción -cuando Milk conoce a su amante en la escalera del metro y efectúa el primer acercamiento con él- la concurrencia del cine empezó a moverse en forma incómoda. Solo segundos después, en la primera escena de cama, con los primeros besos, el cine entero emitía comentarios como “qué asco!” o grititos de horror y desaprobación.

Y yo me pregunto ¿qué pensaba esta gente que iba a ver? ¿No tenían idea de de qué iba la peli? Y si pensaron que era una de vaqueros y se encuentran de una con que la temática es ésta, ¿por qué se quedan? ¿Qué los obliga a pasar dos horas viendo algo tan desagradable para ellos? Yo comenté en una reunión al día siguiente sobre lo estúpida que me parece esta actitud de los espectadores. Algunos amigos me salieron con que “¿Acaso ya ni siquiera se puede expresar el desagrado?” Claro, claro que se puede, pero no de esa manera, no en un cine, no cuando has pagado por ver una película en la comunidad de una sala con más gente. Si te incomoda tanto que un par de hombres (o mujeres) se besen, no tienes que hacer bulla, gritar o molestar a los demás. Si no puedes soportar esta visión, bueno…¡sal de allí! Es del todo inmaduro quedarse a joderle la película al resto.

Pero lo peor es que esta es casi una actitud generalizada de la gente acá. Podemos ver impertérritos una escena de violencia, sangre, desmembramiento, explosiones. Pero si en alguna película se sugiere siquiera unas felación, siempre habrá por allí una chica que dirá “¡qué asco!” ¿No lo hace ella en la intimidad con su marido? ¿No lo disfruta? ¿Qué nos pasa?

Es algo más que discriminación por parte del gobierno local. Es toda una actitud de qué está bien y qué está mal dentro del comportamiento humano. Y eso acá en Guayaquil, cada vez más, está dictado por la iglesia, las élites económicas que siempre han estado en el poder y son defensoras de ciertas tradiciones morales: la mentalidad falocrática en su máxima expresión. Y el resto de la gente acá, borreguil o aspiracionalmente siguen ese juego, esas normas, esos modelos. Aunque nuestra vida sea diferente a la norma, aunque no sigamos las reglas, aunque seamos hipócritas.

A veces creo que el gran eslogan de nuestra querida Perla no es “Más ciudad”, sino “Sino podemos ser, por lo menos parecer.”

Silvi dijo...

No he visto la peli, ojalá alguien me invitara cof cof :P

Ahora que mencionas distritalización, diablos, yo pienso que Guayaquil es una ciudad verdaderamente demasiado grande, todas las metrópolis se manejan por distritos, en mi caso recuerdo Londres, era chistoso porque desde la vereda de un distrito (council) mirabas al frente que pertenecía a otro y tenías decorado y materiales totalmente diferentes en la vía pública, sin embargo es la única manera de administrar un lugar tan grande, que tiene muchos más habitantes que en nuestro país.

Y me llama la atención que subrayes poca tolerancia a los GLBT en tu ciudad, Cuenca es verdaderamente conservadora y acá todos terminan yendo a Guayaquil, donde, se piensa, hay más libertad y tolerancia.

Ángel Largo Méndez dijo...

Gracias por participar.

Silvi, La distritamizacion o adminsitracion zonal en Guayaquil es algo urgente y necesario. Cubirir las expectativas de tres millones d eciudadanos es casi imposible para un solo encargado, ene ste caso el alcalde junto a sus ediles, sino existe el debido conocimiento o planificación de las necesidades prioritarias de cada sector de la ciudad. Uno no administra la oficina sentado en su cuchitril, Sino requiere de la ayuda de los directores departamentales para llevar una diea precisa de lo que requiere cada espacio y tenga mayor libertad operativa. Ese ejemplo empresarial es aplicable perfectamente a la ciudad, lo cual lograría un mejor ejercicio de los derechos democráticos de los ciudadanos con base en la rendición de cuentas de los funcionarios públicos. Este proyecto está en bandeja de los cocnejales electos de PAIS, y espero tenga un debate serio en el municpio, sino, otra oportunidad más de ciudadanía activa al tacho.

Silvia, también cuando fui a ver la película me toco escuchar los lamentas y desaprobaciones del poco público asistente, auqnue en otros casos, la situación fue recibida sin ningun comentario. La idiosincracia guayaquileña (y ecuatoriano) mantiene como tabues los temas relacionados al sexo, pero aun si enfocan relaciones homosexuales. Basado específicamente en la moral tradicinalista de la iglesia apostólica romana, y difundido abiertamente por los sectores empresariales conservadores (en ese punto de liberales no tienen mucho) y las escuelas políticas dogmáticas de derecha, que manejan el Municipio local. Aunque cada quien asume las circunstancias reales de la vida segun un criterio propio, muchas de las actitudes las aprendemos del medio o entorno social que vivimos. Donde, efectivamente, el sexo oral en pantalla puede ser asqueroso, pero en la intimidad con el esposo y el anillo de oro en la mano, un camino al cielo. Acto culposo y bendito a la vez, paradójicamente.

Creo firmemente que un cambio de modelo político-social en la ciudad permitirá un avance sustancioso en las libertades civiles de las "minorías". Siendo así, negros, cholos, montubios, indios, gays, lesbianos y cualquier grupo vulnerado tendrá mayor oportunidad de intercambiar su cultura con la sociedad "bien" guayaquileña, lo que asu vez, y con el paso del tiempo, mayor tolerancia y respeto. Pero para esto, esperar de aqui cuatro años, por ahora e sello está bloqueado.

Saludos