
Cuando condenamos los cortes eléctricos en todo el país. Es cierto que el Gobierno no fue provisorio y le ha faltado visión, como a otros periodos, para iniciar la búsqueda de otras fuentes de energía, talvez más costosas, pero menos contaminantes y menos sujetas a los cambios climatológicos, como también que los ecuatorianos poco nos esforzamos en el ahorro eléctrico, que más bien, el desperdicio continuo es rutina diaria en cada hogar sin ningún arrepentimiento o culpa.
Cuando juzgamos el trabajo de los informales en las calles. Es cierto que los vendedores ambulantes son el resultado de una economía en crisis y tienen el mismo derecho que cualquier ciudadano a sostenerse con dignidad, como también es verdad que su realización productiva no debe interferir en el desarrollo de las actividades comerciales o cotidianas del resto de ciudadanos.
Cuando sometemos a juicio la acción contra Teleamazonas. Es cierto que Jorge Ortiz y compañía responde los intereses de un solo banquero y su estructura de poder, como también es verdad que la negación a la libertad de expresión a través de la censura es un acto de intolerancia por parte del Presidente.
Cuando pedimos a viva voz más respeto. Es cierto que la independencia para emitir nuestros criterios como periodistas (me incluyo) a través de la prensa es algo indiscutible y baluarte de nuestra ilusión de democracia, como también lo es que los medios de comunicación representan voluntades económicas particulares que subyugan la voz de la ciudadanía a pensamientos subjetivos, trabajo dificultoso para nosotros más aún si seguimos mal pagados (o no, compañeros).
Cuando maldecimos a los países industrializados (G-8) que no llegaron a nada cierto en la Cumbre de Copenhague. Es cierto que como principales nacionales de producción industrial, son los mayores emisores de sustancias tóxicas para la atmósfera del planeta, como también es real que nosotros, los del llamado “subdesarrollo” hacemos poco o nada para impedir la contaminación es nuestros barrios, calles y ciudades.
Cuando le echamos toda la culpa a la Policía por la inseguridad de las calles. Es cierto que la protección y seguridad se ve afectada por la corrupción estructural que tiene la institución y el apoyo insuficiente por parte del estado contra los siempre organizados y mejor armados hampones, como también es real que la delincuencia no se descompone con el castigo. Que es un estado de la sociedad que se genera por falencias estructurales de la misma, como la codicia, miseria, pobreza o falta de oportunidades, y que poco o nada soluciona evitar los efectos, si se las causas se mantienen.
Todos estos acontecimientos, presentes a fines de este año moribundo, son muestras de una visión errada que nos está llevando a una situación crónica. Cada hecho tiene una consecuencia, pero el ser humano insiste en mantener una perspectiva subjetiva de situaciones causa-efecto. Es la eterna ilusión de lo correcto o incorrecto, lo bueno y lo malos, sitios o ubicaciones mentales que, sin darnos cuenta, ubicamos todos nosotros de forma relativa durante toda nuestra vida física.
Para este nuevo ciclo, los invito a cambiar el paradigma. Dejemos de lado construcciones subjetivas y creencias sociológicas que no se adaptan a nuestra realidad actual. Veamos la funcionalidad de las cosas, lo que sirve o no según el modelo de mundo que deseamos para cada uno y para todos. Imaginemos real la utopía de un país de paz, amor y armonía y veamos si estas visiones distintas para un mismo problema han sido válidas.
No podemos seguir coloreando todo o blanco o negro. Lo que funciona es hacer cada uno su parte de lo que le toca, creyendo firmemente que todo en función de si mismo es para los demás. Así y solo así, la ilusión de un mundo de dos bandos habrá terminado, y el nuevo año pinte diferente.